SOBRE MÍ

Bernabé García-Heras Díaz

Desde que tengo memoria, he dibujado.

De pequeño me gustaba mirar el mundo y volver a construirlo a través de mis dibujos. No siempre quería representar las cosas tal y como las veía. Me gustaba añadirles algo mío, cambiar los colores, hacerlas más vistosas, crear un entorno diferente. Supongo que, sin saberlo, ya estaba empezando a buscar mi propia manera de mirar.

Recuerdo especialmente las clases de dibujo del colegio. El profesor nos entregaba unas láminas que se vendían en las papelerías y nos pedía que las reprodujéramos. Eran dibujos a carboncillo de personas, animales, paisajes, flores... Había de todo.

A mí me salían demasiado parecidos al original.

El profesor pensaba que los estaba calcando. Yo le decía que no, pero nunca consiguió creerme. Aquello llegó a tal punto que terminé odiando aquella asignatura.

Con los años comprendí que quizá aquel profesor estaba viendo algo que yo todavía no sabía explicar: tenía una facilidad especial para reproducir aquello que veía, pero también una necesidad aún mayor de transformarlo y hacerlo mío.

Más adelante estudié Dibujo Artístico en la Escuela de Artes Aplicadas de Madrid. En aquella época no existían los ordenadores ni las herramientas digitales que hoy forman parte de cualquier proceso creativo. Todo se hacía con las manos, con paciencia, con materiales y con muchas horas de trabajo.

Participé en exposiciones de pintura, en concursos de murales realizados en exteriores y en diferentes proyectos relacionados con el dibujo y las artes plásticas. Algunas veces mis trabajos fueron seleccionados y también recibí algún premio.

Pero aquello nunca fue solamente una cuestión de premios.

Crear era mi manera de sentirme vivo.

DE DIBUJAR EL MUNDO A FOTOGRAFIARLO

Después llegó la fotografía.

Me apasionó desde el principio, aunque aquella fotografía era muy diferente de la que conocemos hoy. No había cámaras digitales ni programas de retoque. La fotografía empezaba en la cámara y continuaba en el laboratorio.

Llegué a crear mi propio cuarto de revelado. Allí revelaba mis fotografías y experimentaba con ellas. En ocasiones mezclaba fotografía y pintura para conseguir imágenes en blanco y negro con pequeños toques de color.

Volvía a hacer lo mismo que había hecho de niño con el dibujo: no me conformaba con mostrar lo que veía; quería construir mi propia manera de verlo.

Durante años fui alternando el dibujo, la pintura, la fotografía, diferentes técnicas y pequeñas colaboraciones y exposiciones. Algunas veces conseguí ganar algo de dinero con ello, aunque nunca fue mi forma principal de ganarme la vida.

Para poder pagar las facturas, la hipoteca y sacar adelante a mi familia, también tuve otros trabajos.

Y esto forma parte de mi historia.

Porque muchas veces pensamos que para dedicarnos a aquello que nos gusta tenemos que poder vivir exclusivamente de ello. Yo no pude hacerlo siempre así.

Pero nunca dejé de crear.

APRENDER HACIENDO

También llegó un momento en el que empecé a escribir.

Me inventaba mis propias historias, las escribía, las dibujaba y terminaba convirtiéndolas en pequeños libros o revistas hechos por mí.

Después aparecieron los ordenadores.

Conseguí comprar uno suficientemente potente para instalar programas de diseño gráfico y retoque fotográfico y, poco a poco, todo aquel mundo que durante tantos años había construido con las manos comenzó a trasladarse a la pantalla.

No fue un cambio de camino.

Fue otra herramienta para seguir haciendo lo mismo.

Seguí aprendiendo mientras hacía. Experimentando. Equivocándome. Volviendo a empezar. Descubriendo nuevas posibilidades.

Y así fui pasando del dibujo a la fotografía, de la fotografía al diseño, del diseño a la maquetación, de la imagen a la comunicación y de la comunicación a los proyectos editoriales.

UNA PROFESIÓN CONSTRUIDA ENTRE MUCHAS DISCIPLINAS

Durante una etapa de mi vida trabajé en el transporte de vehículos pesados y pasaba buena parte del día conduciendo un camión.

Mientras tanto, mi mujer comenzó a buscar clientes para una pequeña empresa de diseño gráfico que habíamos puesto en marcha.

Ella salía a buscar trabajo mientras nuestra hija estaba en el colegio. Yo volvía a casa después de pasar el día conduciendo y, por la noche, me sentaba delante del ordenador para sacar adelante los proyectos que habían llegado.

Hasta que llegó un momento en el que tuvimos tanto trabajo que pudimos dedicarnos plenamente a aquello.

Fue entonces cuando todas aquellas cosas que había ido aprendiendo durante años empezaron a convertirse en una profesión.

Diseño gráfico, fotografía, vídeo, retoque, maquetación, publicidad, comunicación y creación de contenidos comenzaron a formar parte de un mismo trabajo.

He diseñado y maquetado revistas corporativas, libros, cuentos y libros de texto. He creado portadas y desarrollado identidades visuales. He trabajado en fotografía y vídeo y he participado en proyectos de comunicación para empresas, clínicas y organizaciones.

Para la Editorial Última Línea llegué a crear más de cuarenta portadas de libros.

También trabajé en proyectos como INMOA (Instituto Médico de Oncología Avanzada) y CNPC (Centro Nacional de Prevención del Cáncer), desarrollando imagen corporativa, contenidos, fotografía y vídeo, y he colaborado con organizaciones y ONG en diferentes trabajos de comunicación e identidad visual.

Al mirar todo ese recorrido, resulta difícil colocarme dentro de una sola profesión.

Por eso encontré una expresión que define mejor lo que he estado haciendo durante todos estos años:

Creador de Identidad Editorial.

Porque para mí una publicación nunca ha sido solamente un texto, una fotografía o un diseño.

Es una idea.

Es una forma de mirar.

Es una manera de contar.

Y es también conseguir que todas esas partes tengan una identidad propia.

GRAZIE MAGAZINE

En 2017 nació uno de los proyectos más importantes de mi trayectoria: GraZie Magazine.

Comenzó como una revista en papel, local y gratuita. Con el tiempo fue creciendo hasta llegar a distribuirse por toda España a través de quioscos y tiendas especializadas.

GraZie fue creciendo y transformándose con nosotros.

Hasta que llegó la pandemia.

De un día para otro, todo aquello que durante años habíamos construido alrededor de la revista quedó prácticamente paralizado. La distribución dejó de ser posible, los negocios cerraron y continuar con el proyecto en las condiciones en las que lo habíamos desarrollado se convirtió en algo imposible.

Durante un tiempo tuvimos que detenernos.

Pero pasado ese tiempo, cuando pudimos mirar las cosas con algo más de distancia, pensamos en todo el trabajo que había detrás de GraZie: las horas, los contenidos, las personas que habían participado, cada número, cada página y todo el esfuerzo que había supuesto conseguir que aquella revista llegara hasta donde había llegado.

Y comprendimos que no podíamos permitir que todo aquello desapareciera.

GraZie había costado demasiado esfuerzo como para dejar que simplemente terminara.

Por eso decidimos darle una nueva oportunidad.

Hoy GraZie Magazine vive exclusivamente en formato digital. Ya no buscamos recuperar lo que fue aquella revista en papel, sino seguir construyendo sobre todo lo aprendido y mantener vivo su mensaje desde un nuevo espacio.

Es una labor que hacemos sin ánimo de lucro y que mantenemos con mucho esfuerzo, porque creemos que todavía merece la pena.

Y quizá esa sea precisamente su mayor riqueza.

Porque seguimos creyendo en su mensaje.

Si una historia publicada en GraZie consigue ayudar a una sola persona a enfrentarse a sus miedos, recuperar su vida, encontrar un poco de esperanza o mirar el mundo de una manera diferente, sentimos que todo ha merecido la pena.

Y ENTONCES DECIDÍ PONER MI NOMBRE

Durante muchos años he creado cosas que llevaban otros nombres.

He trabajado detrás de proyectos, publicaciones, empresas y personas. He diseñado, fotografiado, escrito, maquetado, creado imágenes y construido identidades.

También he escrito mucho, pero casi siempre en privado o dentro de mi círculo de trabajo.

Y durante mucho tiempo lo hice bajo seudónimo.

Nunca me he considerado escritor.

Siempre he pensado que existen personas muchísimo más preparadas que yo para escribir y que quizá no tenía derecho a ocupar ese espacio.

Hasta que comprendí algo.

Quizá ese miedo a lo que pensarán los demás sea precisamente una de las cosas que más nos limita.

Nos pasamos demasiado tiempo pensando si lo hacemos suficientemente bien, si alguien nos juzgará, si lo que tenemos que decir merece la pena o si hay otra persona que puede hacerlo mejor.

Y mientras tanto, dejamos escondida una parte de nosotros.

Ahora estoy jubilado.

Y precisamente ahora, cuando parece que algunas personas creen que ya ha pasado el momento de empezar cosas nuevas, he decidido hacer algo que durante muchos años no me atreví a hacer:

poner mi nombre delante de mis propias palabras.

Este blog nace para eso.

Para reunir una parte de lo que he creado, de lo que he aprendido, de los proyectos en los que he participado y de las cosas que todavía quiero contar.

Pero también nace por algo más.

TODOS TENEMOS UN DON

Creo que todos los seres humanos tenemos algún don.

A veces lo descubrimos.

A veces conseguimos convertirlo en nuestra forma de vida.

Otras veces permanece ahí, acompañándonos, sin llegar nunca a convertirse en una profesión.

Pero sigue siendo nuestro.

En mi caso, ese don me ha acompañado desde que era niño. Ha cambiado de forma muchas veces: primero fue el dibujo, después la pintura, la fotografía, el diseño, la escritura, la creación de publicaciones, la comunicación...

Quizá nunca fue una sola cosa.

Quizá simplemente era la necesidad de crear.

Y creo que todos tenemos algo parecido dentro.

Algo que nos hace diferentes.

Algo que nos hace sentir vivos.

Por eso, si este espacio sirve para algo más que para guardar mis trabajos y mis pensamientos, me gustaría que fuera para recordar una cosa:

No siempre nos valoramos lo suficiente.

Vivimos demasiado pendientes de lo que dirán los demás y demasiado preocupados por no estar a la altura.

Y quizá deberíamos permitirnos descubrir qué somos capaces de hacer cuando dejamos de tener miedo.

Porque podemos dar mucho más de lo que creemos.

A cualquier edad.

Incluso cuando pensamos que ya es demasiado tarde.

Yo acabo de empezar.

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